FRIDA KAHLO
La vida de Frida Kahlo es un gran cuadro dramático enmarcado por el dolor. Desde los seis años, cuando fue atacada por la parálisis hasta el día de su muerte, el sufrimiento no abandonó su cuerpo ni tampoco dejó de estar presente en sus obras. Es más, fue a causa del accidente que la invadió para siempre, cuando era estudiante de la Preparatoria en 1926, que se inició en la pintura: un tranvía que arrastra un autobús, como tantas veces ha sucedido; los hierros retorcidos que destrozan su cuerpo, también como tantas veces ha sucedido. Sólo que en este caso la muerte se detuvo en seco cuando vio que su víctima, en la cama del hospital, encerrado su cuerpo en la cárcel de yeso, tomaba los pinceles que su padre le había regalado y empezaba a pintar.
Frida nació en Coyoacán. Su infancia en la casa en la que pasaría toda su vida ha quedado registrada en uno de sus cuadros. Infancia casi pueblerina, cuando Coyoacán estaba todavía rodeado de llanos, erizado de nopales y salpicado por la presencia de las humildes casas de adobe. Infancia de patio cerrado en el que la niña podía andar, aun desnuda, entre las plantas del jardín o recorrer los cuartos continuos y de altos techos en cuyos muros veía constantemente los grandes retratos ovalados de su padre, fotógrafo de profesión -Herr Kahlo- , de su madre Matilde Calderón o de sus abuelos. Imágenes inolvidables que han quedado perpetuadas en su pintura. No es este cuadro el único que nos habla de su vida, sino casi todos los que hizo. Es una artista tan peculiar que pudo darse en su pintura un lujo que sólo los poetas se habían permitido, el de presentar artísticamente sus sentimientos y sus emociones, su alegría y su dolor, sus afectos y sus gustos personales, subjetivos, alcanzando, sin embargo, una proyección universal.
El cuadro que Frida Kahlo prefería, entre tantos que pintó, era “Mi nodriza y yo”. Cuadro que en su composición me recuerda una pintura popular desconocida, propiedad de un oscuro médico rural, en la que la virgen lleva en sus brazos a Cristo. La virgen llorosa conduce a su hijo muerto con el cuerpo lleno de heridas tremendas; pero a pesar de ser el cuerpo de Cristo crucificado, a pesar de tener facciones y barba de treinta años, es un niño. El cuerpo pequeño, en los brazos de su madre, ha sido el recurso del artista anónimo para representar varios conceptos al mismo tiempo, conceptos que de otra manera no podía representar en su compleja coexistencia: dolor, crueldad, ternura, maternidad, tristeza, beatitud, religiosidad, todo reunido en emotiva síntesis. Frida no lo conocía. Y sin embargo ella se pintó en brazos de su nana, con sus facciones de mujer y cuerpo de niña. Hasta aquí la semejanza, pero es suficiente para descubrir en su creación que esa relación auténtica de concepto no es meramente casual, sino que responde a vivencias comunes, vitales. Y si Cristo, en la pintura popular “muere” en brazos de su madre, Frida, en su pintura “vive” en brazos de su nana, vive gracias a las gotas de leche que florecen en el árbol glandular del pecho de esa nana indígena de piel bronceada y de rostro inmutable, máscara pétrea que es el símbolo genérico del pueblo que alimentó espiritualmente a la pintora.
En la pintura de Frida Kahlo es evidente su amor por lo biológico, su apego a la naturaleza, sobre todo en dos de sus aspectos: el humano y el vegetal, que es como decir su amor y su apego por lo vital. Es casi una obsesión en sus cuadros la representación del inicio de la vida: la fecundación y la gestación. ¡Cómo no iba a entusiasmarse ella que tanto sufrió -y lloro´- su fracaso maternal! Tal vez la síntesis de su exaltación embriológica está de manifiesto como en ningún otro cuadro como en el “Moisés”. La composición es muy simple: simetría con respecto a dos ejes perpendiculares que se encuentran en el centro. El sol es un gran óvulo cuyos rayos señalan, con manos diminutas, hacia dos compactas columnas humanas dispuestas a ambos lados. El núcleo central de estas columnas está constituido por los hombres que han conmovido, con su pensamiento, la atmósfera histórica de la humanidad, desde Ptah-Hotep, en Egipto, hasta Stalin en el mundo contemporáneo; hombres que han encauzado su genio en un sentido positivo o negativo pero que, en un momento dado, fueron los causantes de un giro trascendental en la vida del género humano: Platón, Cristo, Confucio, Nefertiti, Napoleón, Julio César, Gandhi, Pasteur, Buda, Marx, Hitler, Mahoma, en una confusión que es parte de su intento de expresar, plásticamente una idea : “lo que yo quise expresar –dijo Frida en una charla en la que trató de explicar el sentido de su obra- fue que la razón por la que las gentes necesitan inventar o imaginar héroes y dioses es el puro miedo. Miedo a la vida y miedo a la muerte”. Miedo sí, a la vida que está representada en los ángulos inferiores del cuadro, por el hombre y la mujer, pilares de la sociedad que en masa -todos los pueblos juntos- aparecen en el fondo. Miedo a la muerte, simbolizada en los ángulos superiores por unos esqueletos que sostienen las nubes metafísicas de las grandes religiones. Todo esto iluminado por el óvulo-sol central del cual nace Moisés, quien, niño aún, flota sobre el Nilo en el interior de una cesta. ¿Y por qué Moisés “aquel que fue sacado de las aguas”, como centro de la composición? Paul Westheim ha tratado de aclarárnoslo: “Quizá le haya emocionado la explicación que Freud da a la palabra cesta. ¡Cesta –explica- es la matriz expuesta, y el agua significa la fuente materna al dar a luz una criatura! Frida pinta a Moisés... el héroe llamado a dar a la humanidad el concepto de un Dios único, encuadrado, como de un nimbo, de los grandes héroes del espíritu de todos los tiempos, de todos los pueblos, de todas las ideologías. Nos pinta una interpretación de Moisés; nos pinta, su propia vivencia, es como todo lo que pinta Frida Kahlo.”
Raúl Flores Guerrero. Lecturas Históricas Mexicanas. Universidad Nacional Autónoma de México, 1994.
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